30 jul. 2011

ANÁLISIS

Expolibro: Un espacio de recreación



Por: Grace Cordero


Un joven vestido de Woody, uno de los personajes de la película Toy Story es el que da la bienvenida a la Feria Internacional del Libro 2011, y al terminar el recorrido desde un stand el dinosaurio Barney, la despide; atractivos como éstos a simple vista no parecen ser de una exposición de libros, sino más bien de un feria infantil o de cualquier otro tipo, porque además no podían faltar los puestos de helados, las caritas pintadas y los típicos cursos de lectura rápida e inglés que se promocionan.

De los 180 expositores, el 30% abarca la actividad librera, mientras que el 70% fue repartido en 8 bloques dedicados para niños; en stands de comidas, artesanías y cursos de aprendizaje, lo que demuestra que los cambios para atraer al público a la feria tienen más interés en presentar personajes conocidos o realizar actividades externas a la lectura; que a la difusión de los libros de escritores nacionales e internacionales que se exhiben en el evento.

Las comparaciones de la Expolibro con ferias de Bogotá, Venezuela, Argentina y Guadalajara resaltaron opiniones de conocidos historiadores como Ángel Emilio Hidalgo quien afirmó que el evento atraviesa una involución, y que esa clase de stands como el de los helados, no tienen razón de estar allí.

Sin embargo, este año la participación del público fue más notoria que en ediciones anteriores; alrededor de 280.000 personas asistieron al evento, superando con más de mil a la jornada 2010. Ahora bien, cabe realizar la siguiente pregunta: ¿Las personas fueron por los libros o por las atracciones?, sin duda el llamativo traje de Woody obligó a los padres a asistir porque sus pequeños, querían tomarse un foto con el personaje.

Si las intenciones de la feria este año, eran atraer a los niños e incentivarlos a lectura, pues es probable que la primera se cumpliera, pero la motivación lectora fue pobre y los pequeños de seguro no recordaran nombres de libros que leyeron o les hayan llamado la atención, pero si lo harán con el dibujo que tenía pintado su amiguito en el cachete izquierdo.

De igual manera la venta de baratijas y chicharrones de soya se robaron en gran parte la atención de los asistentes, que pasaron de largo por las editoriales, pero se detuvieron para disfrutar de un bocadillo y observar los aretes que están de moda.

Prohibir o no estos puestos comerciales y de bajo de interés cultural en la Expolibro no solo depende de Jaime Rull, su director ejecutivo; sino también del público asistente, que le da más importancia a esta clase de casetas que a las que en realidad traen interesantes propuestas de lectura, escritas por autores reconocidos de diversos países, con quienes se puede compartir y realizar una reciprocidad intercultural.

Cada edición de la Feria del libro aspira mejorar a la anterior, pero a pesar de sus intentos sigue con la misma estructura. La literatura queda en segundo plano, mientras que la oferta comercial prospera, los escritores y editoriales se convierten en unos simples adornos que buscan aparentar el verdadero sentido de esta feria de entretenimiento que deja a un lado a los libros y convoca a lo absurdo.






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